Terça-feira, 8 de Abril de 2008

Plácido Domingo: tenor absoluto

por RUBÉN AMÓN*

Es Plácido Domingo el mejor tenor del siglo XX (y XXI)? El interés de está pregunta radica precisamente en que 'puede' plantearse. Habrá especialistas y melómanos que la respondan negativamente, pero son muy pocos los cantantes de la historia, poquísimos, los que tendrían derecho a ocupar la plaza del 'sujeto' entre las interrogaciones de la frase.

La prueba está en la encuesta que ha realizado la BBC a propósito de un debate clasificatorio parecido. Plácido Domingo aparecía en cabeza de la lista tenoril. Superando el mito de Caruso y destronando a Luciano Pavarotti, rival encarnizado de Plácido antes de que Carreras oficiara la ceremonia de la reconciliación en el espectáculo de Caracalla. Quizá sea estéril plantearse la cuestión de la hegemonía. La militancia y el apasionamiento de la ópera radicalizan el impulso arbitrario de las candidaturas. Hay 'tifosi' que consideran incuestionable el número 1 de Gigli, o de Corelli. Como existen aficionados para quienes el refinamiento de Kraus o la técnica de Björling no admiten otros ejemplos discutibles.

¿Es Domingo el mejor tenor de la historia? La pregunta, otra vez, requiere un ejercicio de perspectiva. Plácido está tan presente en nuestros días que no es fácil extrapolar su 'expediente' a un espacio de análisis más o menos objetivo, aunque el factor de la contemporaneidad no impide reconocer la envergadura de sus proezas ni la ya dimensión histórica de su carrera. Empezando por las evidencias estadísticas. Ningún tenor de la historia ha sido tan versátil ni camaleónico sobre el escenario. Domingo ha protagonizado 110 papeles distintos. No con el ansia de un 'recordman', sino con la hondura y la curiosidad de un artista comprometido.

El ejemplo más elocuente es el del repertorio wagneriano. Estaba claro que la voz oscura, granítica y penetrante de Plácido respondía al ideal del heldentenor (tenor heroico). También era evidente que la 'intromisión' de Domingo en la secta de Wagner iba a provocar la iracundia de la militancia, pero el cantante madrileño tuvo el valor y el mérito de oficiar los papeles Lohengrin, Parsifal y Siegmund en la colina sagrada de Bayreuth. Le aclamaron como al más iluminado de los sacerdotes. Por eso nos equivocábamos quienes hemos reprochado a Domingo sus veleidades con la tuna, los mariachis o Paloma San Basilio. No porque nos guste semejante mestizaje ni porque bailemos el cha-cha-cha, sino porque las extravagancias comerciales de Plácido nunca han descuidado ni perjudicado su naturaleza de tenor absoluto.

Absoluto por la personalidad escénica. Absoluto por la ubicuidad. Absoluto por la dimensión artística. Absoluto porque los años pasan sin que puedan mencionarse motivos de peso a favor de una retirada. La edad de Plácido es un enigma. Un enigma insignificante comparado al enigma de su voz. Sus detractores le llaman 'Placimingo' porque dicen que ha perdido el 'do' de pecho, aunque semejantes reproches son una anécdota cuando la voz del maestro se ofrece generosa, intensa, 'squillante' desprovista de 'vibrato', de arrugas, para entendernos. Ha vuelto ha demostrarlo con ocasión de 'Tamerlano' en el Teatro Real. Domingo se presentaba en Madrid como un aprendiz en el repertorio barroco de Handel y va a terminar las funciones como un maestro.

Es la prueba de una inquietud y de un instinto que también explican el desafío de probarse como barítono verdiano. Y sin esconderse. Pláci(do) ha elegido el Covent Garden de Londres para debutar en el papel de Simon Boccanegra. Un viejo sueño que se verifica en 2009 y que abre un horizonte cuyos límites sólo dependen de la suerte del ritual con que el maestro amanece. ¿Hasta cuándo, Plácido?, le preguntábamos en Valencia. «Cada mañana es un desafío», respondía. «¿Todavía?», me pregunto antes de hacer vibrar las cuerdas vocales. Y cuando canto me gusta encontrarme con la respuesta: «Sí, todavía. Todavía puedo seguir cantando».

¿Es Plácido Domingo el mayor tenor de la historia? La cuestión también pude responderse en términos de popularidad, de poder, de influencia, de caché, de generosidad, de compromiso. Plácido ha logrado 'entrar' como personaje en los dibujos animados de los Simpson. Le han proclamado doctor honoris causa en Oxford. Colecciona los premios Grammy (lleva siete) y tiene una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

Puede que unas y otras razones no convenzan a los melómanos de salón. En tal caso, Domingo podría recordarles, función a función, disco a disco, sus contribuciones memorables como tenor raso: de Mario Cavaradossi a Werther; de Otello a Idomeneo; de Don José a Cyrano; de Canio a Tristán. Inútil ponerle límites a quien límites no conoce. Aunque un servidor, que es del Atleti, nunca le haya perdonado ni le vaya a perdonar cantar como Puccini la versión contemporánea del himno del Real Madrid.

 

* Com a devida vénia ao jornal El Mundo, onde este texto pode ser lido em conjunto com imagens e vídeos.

publicado por annualia às 17:45
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